Galápagos y el crepúsculo de las tortugas

Imaginarse una mujer esbelta, de piernas tan largas como imponentes, de ojos claros y mestizos, de un olor imperdonable que estremece más allá del viento, los ojos y el oído. Una mujer de un corazón hermoso, un cabello que tierno se vate al fino compás de la suave brisa del viento que se aventaja nuestros hombros para dejarse morir a la orilla en un frágil gesto de locura despistada por esos grandes caparazones, que como imponentes naves, se dejan guiar por las manos de esa mujer que ahora sonríe y derrama además de su alegría, unas cuentas gotas de agua salada sobre el caparazón caliente y anaranjado ahora por la caída del sol y el advenimiento de la tarde. En Islas Galápagos va cayendo la noche.
En el archipiélago, a unos 950 kilómetros del mismo Ecuador, una fina danza de seres inmensos atacan los ojos, como elefantes arrodillados van internándose en el mar, dejando a su paso miradas que se disuelven sobre su lomo como las marcas de sus aletas en la arena caliente, son las tortugas gigantes acaloradas por los más de 22 grados, que se desenvuelven con la naturalidad misma de una bailarina que se sabe reina de la pista, y centro de atención de todos los visitantes.
Como esa mujer que pasea por las playas, con los pies distantes uno de otro, con la arena fina acariciando intermitente la orilla de sus dedos, con un fuego infinito de rayos solares y una impertinente mirada al horizonte cubierto al otro lado de hoteles, clubes y casinos capaces de satisfacer al más estricto de los turistas, con habitaciones enormes y vistas fabulosas capaces de conquistar a cualquier humano y sorprender al más exquisito de los gustos, pero que por ahora, no dan lucha a la belleza de esa mujer comparable solamente con un mágico atardecer anaranjado, en un ritual de tortugas gigantes que como submarinos invaden el silencio de las olas para colorear el mar celeste de un castaño que tal vez, en algún momento de la tarde, se confunda con el color de esa piel forjada por el sol ardiente.
Quizá a la mujer nunca la alces, quizá sea parte de ese exotismo que conjura el archipiélago para atraer a los visitantes y desdibujarlos en una experiencia interminable de armonía con el infinito, con la naturaleza y por qué no, con uno mismo.
Foto | putneymark
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14 de Enero de 2009 - 15:08
[...] Disculpad la interrupción pero hoy en Zumo de Blogs estamos de enhorabuena con el lanzamiento de Trotamillas, nuestro blog de viajes. Por muy intensos y entretenidos que sean nuestros mundos virtuales, nada se puede comparar a la experiencia de moverse lejos de nuestro lugar de origen para conocer otros paisajes, poblaciones y culturas, ya sean cercanas como la Alhambra o exóticas como las Islas Galápagos. [...]