RÃo, el paraÃso de Janeiro

Imagina que tu cuerpo es una experiencia únicamente definida por los sentidos, que la piel es esa extensión necesaria y suficiente para vivirlo todo. Para gozarlo absolutamente todo. Imagina que el tiempo se detiene, que el panorama pierde el bruno silencio y se dilata en un celeste nirvana, que el poder del mar irrumpe ese sonido monótono del viento, que ahora se intercambia por una brisa húmeda y delicada que acaricia en su rocío la apetitosa piel de una mujer hermosa, de una morena maravillosa tostada por las brasas consistentes del cuerpo anaranjado. Imagina que el calor se complementa con el fresco y la delicia de una bebida, que la arena interpreta la piel y la sumerge en el sueño como quien lee acertadamente la música. Imagina y al abrir los ojos verás Río, el paraíso de Janeiro.
Esa morena preciosa zigzaguea sobre la arena de Brasil, parece levitar en cada movimiento indescifrable de sus 100 libras forjadas por el sol, la música y la alegría de un universo brasileño recostado sobre las cálidas aguas, sobre las altas palmeras que se pierden a la vista, que los mira desde abajo para dejarse seducir por los rayos multicolores de luz, por ese insaciable calor que visita el cuerpo, que confluye con las emociones y relaja y encanta y excita en cada roce, en cada giro del cuerpo que sobre la arena se reparte entre el cielo y la tierra.
Porque el paraíso no es sólo regocijo de los dioses, porque la posibilidad de que esa morena sea una diosa puede llevar al cuerpo a seguirla, dejar las deliciosas playas para internarse en la ciudad, en la modernidad de sus instalaciones que sin perder el ritmo natural, se intercala perfecta con la naturaleza, en armonía sobrecogedora que destapa la belleza de una ciudad pintada de alegría, de ritmo y música, con una atmósfera de fiesta las 24 horas, una fiesta que se percibe hermosa y cautivante desde el punto más alto, que a manera de altar protege y observa como uno de esos dioses que en Río se postra a las alturas del Cristo Redentor. Una formidable escultura monumental que yace sobre el Guanaguara.
El ombligo de todo el mundo mágico se halla en el Carnaval, aquella fiesta interminable que la morena seguramente interpreta en el movimiento suave y gracioso de sus caderas, y que en la alegría y la comparsa se deja disfrutar para entablar ese enamoramiento entre los sentidos y el destino. Imagina solamente sin posible no añorar ese gusto. Porque viajar a Río es parte de un sueño infinito nacido entre el sol, la música, el baile y ese cielo celeste que al final se torna estrellado para contemplar la fiesta que seguramente debe continuar.
Foto | nfalsey
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